El cielo de Bilbao no era el azul infinito y cegador de Sevilla; era un lienzo de grises metálicos que se fundían con las aguas de la ría. Valeria bajó del taxi frente al edificio de oficinas donde Marcos Ébano tenía su base de operaciones. El aire era afilado, cargado de salitre y de una humedad que se filtraba hasta los huesos, pero para ella era el perfume de la claridad. Aquí no había jazmín que ocultara el olor a podrido de las mentiras familiares.
Entró en el vestíbulo de mármol y cristal