El silencio en la suite era tan tenso que podía cortarse. El comisario Lefebvre sostenía la mirada de Valeria, calculando si la amenaza sobre los rusos era real o un acto de desesperación. Sin embargo, en los ojos de Valeria no había rastro de duda; solo una determinación gélida que Lefebvre reconoció como la de alguien que ya ha muerto una vez y no tiene nada que perder.
—Cinco segundos, comisario —susurró Valeria.
Lefebvre, con un gesto de amargura, bajó el arma y ordenó a sus hombres que se