Finalmente, la lancha de Isabel empezó a perder velocidad. Se habían acercado a los islotes de las islas de Lérins. Isabel, desangrándose y debilitada, encalló su embarcación en una pequeña cala de arena blanca rodeada de pinos.
Marcos y Valeria llegaron poco después. Saltaron al agua, que les llegaba por la cintura, y corrieron hacia la orilla.
Allí, bajo la luz de la luna, Isabel estaba sentada contra una roca. Su vestido blanco era ahora una bandera de rendición teñida de rojo. Tenía la pist