Unos días después de solucionar la sequía, desperté con un dolor ligero en el estómago y ganas de comer manzanas rojas — muchas. Rosa estaba en la cocina preparando desayuno, y cuando me vio, se paró de golpe.
“Selena… ¿te pasa algo?” preguntó, con una sonrisa extraña en el rostro.
“No sé”, dije. “Solo tengo ganas de manzanas y me duele un poco el estómago.”
Elena entró y miró a Rosa, luego a mí. “Espera…”, dijo, con ojos brillantes. “¿No crees que…?”
Rosa asintió y me cogió la mano. “Vamos al