Esa noche, bajo las luces de neón de Bilbao, Valeria Ortiz se sentó frente a una cámara de televisión en directo. A su lado, Marcos Ébano sostenía los documentos que probaban la mayor red de corrupción y crimen de la década.
Valeria no lloró. No se mostró débil. Con una calma que helaba la s@ngre de quienes la veían desde Sevilla, reprodujo la cinta de su madre y mostró las fotos de los rostros de las chicas desaparecidas.
—Mi nombre es Valeria Ortiz —dijo, mirando fijamente a la lente—. Y he v