El tercer día — el último de preparación — empezó con la luz del sol entrando por la ventana de mi habitación. Marco estaba descansando en la cama de al lado, y Rosa le estaba poniendo una compresa de hierbas en el brazo. “Ya estás mejor”, dijo Rosa, con una sonrisa de alivio. “Mañana podrás estar con nosotros en el ataque.”
Marco asintió y miró a mí. “La espada de Cayetano… es real”, dijo, con voz baja. “La vi — es negra como la noche, con runas en el mango. Los lobos de Cayetano dicen que fue