El auto rugió por calles ocultas de la ciudad, zigzagueando a través de callejones estrechos y tomando desvíos previamente calculados, mientras Tucker ejecutaba maniobras planeadas con precisión para despistar a cualquier perseguidor.
Seth, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en los retrovisores, su arma aún en la mano, aunque el sonido de los disparos se había desvanecido hacía rato. Ameline, en el asiento trasero, seguía respirando con dificultad, sus manos apretadas contra su vientre, el rostro pálido y cubierto de sudor. Cada sacudida del auto parecía intensificar su agitación, y Seth, a pesar de su fachada de control, sentía un nudo de preocupación creciendo en su pecho.
—Ya los perdimos, volvamos a la mansión —ordenó Seth a Tucker, su voz tensa pero firme, mientras revisaba el retrovisor por enésima vez.
No había señales de persecución, pero no estaba dispuesto a arriesgarse, por lo que mantuvo su arma lista.
Tucker asintió a sus palabras sin dejar nada, gira