El aire en el baldío se volvió espeso con el olor a pólvora y el estruendo de los disparos. Seth, agachado detrás de la camioneta, sostenía su arma con firmeza, sus ojos escaneando el caos que se desataba a su alrededor. Los hombres de Frogtail, que habían surgido de los edificios abandonados como una emboscada perfectamente planeada, se movían con precisión, disparando desde posiciones estratégicas. La risa de Bianca, fría y triunfal, aún resonaba en la mente de Seth, pero no había tiempo para