Ameline miro a su alrededor, a los celulares y libretas llenos de notas sobre Claus Vidertti: sus horarios, los bares que frecuentaba, el campo de golf de su familia, incluso los nombres de los periodistas que escribían sobre él.
Prissy, a su lado, le lanzaba sonrisas de orgullo cada vez que notaba la expresión de asombro de Ameline. La charla era un torbellino de ideas, risas y planes afilados, cada palabra cargada de una energía que hacía que Ameline se sintiera viva, como si estuviera entre