Seth despertó con una mueca amarga, la luz pálida de la mañana filtrándose a través de las cortinas de su habitación en la mansión. El recuerdo de la noche anterior aún como un eco persistente: el lazo de Ameline, el aroma que lo había llevado a perderse en una fantasía que aún lo hacía sentir enfadado consigo mismo.
No estaba avergonzado, no exactamente, pero sí había una punzada de algo que lo incomodaba, el sentirse como un maldito adolescente patético.
¿Cómo podía seguir tan atrapado por