Capítulo XVI

Observo al señor Ándalos con los ojos entrecerrados. Su amargura me insta a quitarle la pipa y guardarla en el bolsillo interior de mi chaqueta. Refunfuña por lo bajo y me ve con un ojo más abierto que el otro.

—Es un trabajo difícil lo que pides, anciano.

—Muchacha, más respeto.

Me jacto.

—Más respeto deberías darme porque ni siquiera tienes la decencia de dejar de fumar justo frente a mi cara. Si no te hubiera quitado la pipa, ni dos baños me quitarían el aro

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