Dos años habían pasado desde el día en que Diana Alcántara fue detenida en Colón y el Códice Perdido de Kinich fue devuelto a su país de origen. El antiguo penthouse de Gabriel ahora era la sede de la Fundación "El Legado de la Sombra", un faro de periodismo de investigación y apoyo a denunciantes. Alana Torres y Julián Whitethorn habían encontrado una paz profunda, un amor forjado en la batalla. Su rutina era un equilibrio perfecto entre la ley y los medios. Alana gestionaba la estrategia legal de casos de alto impacto, mientras Julián dirigía La Verdad Oculta, que ahora era el periódico más influyente del país, dedicado a desenmascarar la traición a la confianza pública.
Una tarde, mientras Alana revisaba los informes financieros de la Fundación, Julián entró en el despacho. Su expresión, aunque tranquila, llevaba la seriedad de una nueva amenaza. "Tenemos un problema," anunció, sin preámbulos. "No es un problema de venganza antigua, sino un síntoma de algo nuevo, mucho más esquivo.