Estefanía lo empujó.
Ya no sabía si lo que decía lo hacía solo para herirla o si de verdad se había acostado con esa mujer. Viendo su insensibilidad actual, cualquier opción era posible.
—¿Entonces vas a negar que la tienes trabajando para ti? —gritó fuera de sí—. ¿Que te la llevaste de viaje a Madrid y que no pensabas decirme absolutamente nada? ¡Es tu amante, Cristian! ¡Sé hombre y dímelo a la cara!
—No es mi amante —gruñó con rabia—. Pero quizás lo empiece a ser a partir de ahora. Al final e