El frío era cortante, y la humedad de la noche romana se había aferrado a su túnica rasgada. No era la mujer fuerte y resuelta que se veía obligada a ser en el presente; aquí, en este eco del pasado, era solo una doncella asustada y agotada.
Su nombre, en esa época olvidada, se había perdido en la bruma de los siglos, pero su rostro era inconfundiblemente el de Harper.
Estaba huyendo del Senador Vibius, un hombre ambicioso que había planeado el asesinato de un Cónsul influyente, buscando desest