Mundo ficciónIniciar sesión—La viuda pregunta si su esposo murió solo.
Doña Consuelo pronunció las palabras en el corredor de piedra de la casa mientras la lluvia de la mañana golpeaba los postigos con una insistencia que parecía personal, como si el clima de Velas Negras también llevara el registro de las preguntas sin respuesta. Andrés estaba de pie junto a la ventana emplomada, con la espalda parcialmente vuelta hacia el jardín encharcado y las manos entrelazadas detrás de su nuca, en un gesto que Sofía había aprendido a identificar en estos cinco días como el gesto que él hacía cuando estaba eligiendo muy cuidadosamente qué decir y qué no decir.
La pregunta había llegado así, directa y sin adorno, porque la noche anterior el herrero Paco había presentado el papel ante don Aurelio, el alcalde, y don Aurelio había convocado a Sofía a una reunión del consejo para esa tarde, y Sofía había decidido que no esperaría hasta esa tarde para saber la verdad.
Andrés tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, fue a través de doña Consuelo, con voz completamente plana.
—El intermediario dice que esa pregunta merece una respuesta más larga que el tiempo que tenemos antes del consejo.
—Dígale —respondió Sofía, sin apartar la vista de su perfil— que eso no es una respuesta. Es una evasión.
Un segundo de silencio. La lluvia arreciaba contra los postigos.
—El intermediario dice que tiene razón. Y que por eso necesita que la viuda lo acompañe esta noche al camino del acantilado.
Doña Consuelo terminó de repetir la frase y se quedó con los labios apenas entreabiertos, porque ni en sus ochenta y dos años de vida en Velas Negras había transmitido una petición así, y su expresión sugería que no estaba segura de si acababa de convertirse en cómplice de algo o simplemente de algo inevitable.
Por la mañana, antes del consejo, Sofía fue sola a los establos comunitarios.
El mozo que había encontrado el caballo de Emilio la noche de la tormenta se llamaba Celso, tenía dieciséis años y la mirada perpetuamente asustada de quien ha visto una cosa que no debería haber visto y no sabe a quién contársela. Sofía se lo encontró limpiando los arreos en el banco del fondo del establo, y se sentó a su lado sin pedir permiso, porque en Velas Negras las viudas de luto no necesitaban intermediarios para hablar con los mozos de cuadra.
—El caballo —dijo ella, directamente—. Cuéntame cómo llegó.
Celso apretó el trapo de cuero entre sus manos.
—Ya se lo conté al alcalde, señora.
—Cuéntamelo a mí.
El chico dudó. Luego habló, mirando el trapo en lugar de mirarla a ella, con la velocidad de quien quiere que las palabras salgan todas juntas para no tener que repetirlas.
El caballo había llegado a medianoche con los ijares lacerados, no de caída sino de espuela, como si alguien lo hubiera golpeado repetidamente para hacerlo correr. Tenía sangre en el cuello, pero no era sangre del caballo: era demasiado oscura, demasiado espesa, del tipo que sale de una herida de mano o de antebrazo cuando uno cae sobre roca viva o cuando alguien lo sujeta con fuerza. Y en la silla, atrapado bajo la hebilla del estribo izquierdo, había un botón de metal oscuro que Celso había guardado en su bolsillo sin saber muy bien por qué y que no había mencionado al alcalde porque el alcalde le ponía nervioso y porque el botón tenía grabada una letra.
Una D. Como en De la Torre.
Sofía salió del establo con el corazón latiendo en un ritmo que no reconocía como suyo, caminando bajo la lluvia sin haberse puesto el chal, sintiendo el agua fría en el cabello y en los hombros como si el frío pudiera ordenar los pensamientos que se le arremolinaban de manera desordenada e insistente. Andrés había estado allí. Su botón estaba en la silla del caballo de Emilio. Había una pelea, había sangre que no era del caballo, y Andrés era la última persona que había visto a su hermano con vida.
Y sin embargo, a pesar de todo eso, a pesar de que la lógica más simple apuntaba en una dirección inequívoca, lo que Sofía sentía mientras caminaba bajo la lluvia hacia su casa no era miedo de Andrés.
Era la necesidad urgente, irracional y completamente inexplicable de llegar a él antes que cualquier otra cosa.
Eso, pensó, era lo más peligroso de todo.
El consejo de la tarde fue breve y humillante en partes iguales.
Don Aurelio leyó el papel de Andrés en voz alta frente a los cinco miembros del consejo, con Sofía sentada en el centro de la sala como un objeto de estudio, y con Andrés de pie a su derecha, separado de ella por los cinco pasos reglamentarios y por la presencia sólida de doña Consuelo entre ambos. El papel era una nota breve, escrita con la letra apretada y vertical de Andrés, fechada a las nueve de la noche del día de la muerte de Emilio. Decía, simplemente, que Andrés había hablado con su hermano esa noche en el camino viejo, que la conversación había sido difícil, y que Emilio había continuado solo hacia la taberna del camino real.
Lo que el papel no decía era todo lo demás.
Don Aurelio lo dobló con cuidado y miró a Andrés con esa expresión que tienen los hombres que llevan décadas gobernando pueblos pequeños y que han aprendido que la verdad y la versión oficial son cosas distintas y que ambas tienen su utilidad.
—¿Hay algo que el intermediario desee agregar? —preguntó.
Andrés miró a Sofía. Solo un segundo, pero fue suficiente.
—El intermediario dice que no. Por ahora.
Esa noche, bajo una lluvia que había bajado de intensidad pero no de persistencia, Sofía siguió a Andrés por el camino del acantilado con una linterna pequeña que proyectaba un círculo de luz temblorosa sobre el barro del sendero. No había intermediaria. Eso era, en sí mismo, otra transgresión que ninguno de los dos nombró.
Caminaron en silencio hasta el punto donde el camino se bifurcaba: a la izquierda, hacia la taberna del camino real; a la derecha, hacia el borde del acantilado desde donde, en noches claras, se podía ver el pueblo entero reflejado en el río. Andrés se detuvo en la bifurcación y levantó su propia linterna, iluminando las rocas del borde con una familiaridad que indicaba que no era la primera vez que estaba en ese punto en la oscuridad.
—Aquí —dijo ella, deteniéndose a su lado. Y no era una pregunta.
Andrés asintió despacio. La lluvia les caía sobre los hombros y el viento del barranco subía frío y constante, oliendo a tierra mojada y a distancia.
—Peleamos —dijo, con la voz de alguien que lleva días cargando el peso de esas palabras—. No por el dinero, aunque él lo sacó a relucir al principio. Peleamos por ti. Porque le dije que lo que te había hecho, comprarte como si fueras un contrato, era una deshonra. Y él me dijo cosas que no voy a repetirte. Y yo le respondí con cosas que tampoco te voy a repetir. Y luego él se subió al caballo.
Sofía lo miró. La linterna entre los dos proyectaba sus sombras largas y superpuestas sobre las rocas del acantilado.
—¿Y tú? —preguntó, con la voz muy quieta—. ¿Qué hiciste tú cuando se subió al caballo?
Andrés tardó tanto en responder que Sofía contó los segundos sin querer, mientras la lluvia seguía cayendo y el río susurraba cuarenta metros más abajo con la indiferencia del agua que no guarda memoria de lo que cae en ella.
—Me quedé aquí —dijo él, finalmente—. Lo vi alejarse. Y no lo seguí, aunque debí haberlo hecho.
Una pausa. El viento del barranco. La lluvia sobre las rocas.
—La última cosa que tu esposo me dijo antes de irse, Sofía… fue que tú nunca debiste ser suya.
El silencio que siguió fue tan absoluto que el sonido de sus propias respiraciones, mezcladas, casi indistinguibles, pareció el único sonido real en todo el mundo. Y Sofía comprendió, con la claridad brutal de las cosas que no pueden descomprenderse, que Emilio había muerto sabiendo lo que Andrés sentía. Y que Andrés llevaba cargando eso desde aquella noche como una piedra que no podía soltar ni podía seguir sosteniendo.







