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—La viuda pregunta por qué el intermediario nunca deja de mirarla.

Doña Consuelo pronunció esas palabras con su voz de siempre, aquella voz que no subía ni bajaba de tono aunque estuviera repitiendo una confesión o un insulto, aunque estuviera parada en medio de la plaza del mercado con una docena de personas fingiendo que no escuchaban mientras escuchaban todo. La mañana olía a pan recién horneado y a polvo húmedo, porque la noche anterior había caído un aguacero breve y el suelo de adoquines aún guardaba la humedad entre sus junturas. El sol trepaba lentamente sobre los tejados de pizarra y proyectaba sombras largas y diagonales sobre las fachadas blancas de las casas.

Andrés recibió la pregunta sin parpadear. Había llegado a la plaza diez minutos antes que Sofía, como si hubiera calculado la distancia necesaria para tener tiempo de prepararse, y sin embargo ahí estaba su mandíbula, ligeramente más tensa de lo habitual, y ahí estaban sus manos, metidas en los bolsillos del pantalón oscuro con una naturalidad demasiado estudiada para ser real.

Habló en voz baja. Doña Consuelo repitió sus palabras, amplificadas por la plaza como por un teatro de piedra:

—El intermediario responde que mirar a la viuda es parte de su función. Y que si la viuda encuentra eso incómodo, puede mirar hacia otro lado.

Desde el puesto de verduras, la señora Urresti levantó la vista de su cesta de cebollas con expresión de quien está tomando nota mental. Desde la entrada de la iglesia, dos mujeres de negro, viudas de luto antiguo cuyos intermediarios ya habían cumplido su año y las habían devuelto al silencio ordinario, observaban la escena con esa clase de atención helada que solo tienen quienes han sufrido lo mismo y no han perdonado que alguien más lo sufra con menos dolor del esperado.

Sofía compró lo que necesitaba del mercado sin prisa aparente, con la espalda recta y el cesto al brazo, mientras Andrés la seguía a la distancia reglamentaria de cinco pasos que la tradición establecía, y doña Consuelo los seguía a ambos como una sombra pequeña y persistente. Pero el rumor ya se había adelantado a todos ellos y había llegado a cada rincón del pueblo antes del amanecer, con esa eficiencia brutal que solo tienen las historias que la gente quiere creer.

La viuda y el intermediario hablaron solos en el corredor.

Él la llamó por su nombre.

Paco lo oyó todo.

 

Las dos viudas de negro la interceptaron junto al pozo, con la puntualidad precisa de quienes han esperado el momento.

La mayor de las dos, una mujer de rostro afilado y manos que parecían hechas de cuero viejo, se plantó delante de Sofía con el mentón levantado y los labios muy finos, como si los apretara para que no se le escapara la satisfacción de lo que estaba a punto de hacer.

—Qué conveniente —dijo, con esa voz que usaba la gente de Velas Negras cuando quería insultar sin usar palabras que pudieran repetirse en su contra—, que la viuda más joven del pueblo haya conseguido al intermediario más joven también. Y más guapo, dicen algunos.

La segunda viuda dejó escapar una risa corta, como un golpe de tos.

—Las que cumplimos el luto como Dios manda —continuó la primera— no andábamos buscando excusas para quedarnos a solas con el mensajero.

Sofía la miró con aquella calma que no era paz sino acero frío bajo una superficie quieta.

—Y sin embargo —respondió—, aquí están las dos, a las nueve de la mañana, hablándole directamente a una viuda sin intermediario. Qué poco respeto por la tradición.

El silencio que siguió fue lo suficientemente largo para que la señora mayor comprendiera que había recibido un golpe y lo suficientemente breve para que no supiera bien dónde le había entrado. Se alejó con su compañera sin decir otra palabra, aunque con la rigidez de la espalda que tenía quien ha perdido un encuentro que esperaba ganar.

Sofía giró la cabeza y encontró la mirada de Andrés, que había observado el intercambio desde sus cinco pasos de distancia reglamentaria. Algo en su expresión había cambiado, una tensión alrededor de sus ojos que no era exactamente admiración pero que tampoco era otra cosa.

Fue entonces cuando Tobías Ruiz, el carretero, borracho desde temprano con el vino barato que compraba en la taberna del camino viejo, cruzó la plaza en dirección al pozo y se detuvo delante de Sofía con una sonrisa que era más una herida que una expresión de alegría.

—Oye —dijo, lo suficientemente alto para que varios puestos del mercado lo escucharan—. Dicen que la viudita ya encontró quién le caliente la cama. No perdió mucho tiempo, ¿eh? Aunque tampoco sorprende, viniendo de quien viene.

Lo que ocurrió después sucedió tan deprisa que varios testigos, más tarde, discreparon sobre el orden exacto de los hechos. Lo que todos recordaron con claridad fue que Andrés de la Torre recorrió los cinco pasos reglamentarios en menos de dos zancadas, que tomó a Tobías Ruiz por la pechera del abrigo con una mano que no temblaba en absoluto, y que lo acercó a su cara con una calma mucho más amenazante que cualquier grito.

—Vuelve a abrir la boca —dijo Andrés, y su voz era tan baja que quienes estaban a más de un metro apenas pudieron oírla—, y te juro que la próxima vez que alguien te encuentre en el camino del acantilado no va a ser un accidente.

Tobías palideció. Andrés lo soltó con la misma precisión con que lo había sujetado, se giró, y volvió a su posición reglamentaria de cinco pasos como si nada hubiera ocurrido.

El silencio de la plaza duró exactamente el tiempo que tardó doña Consuelo en cerrar la boca, que había quedado abierta durante todo el episodio.

 

Por la tarde, durante la visita oficial que Andrés debía realizar como intermediario para comunicarle a Sofía los acuerdos del consejo sobre los gastos de la propiedad, la plaza volvió a llenarse de oídos invisibles.

Sofía esperó a que doña Consuelo terminara de repetir el último párrafo sobre los impuestos de la herencia. Luego esperó un segundo más, dejando que el silencio se asentara y que todos los que fingían no escuchar se inclinaran un poco más hacia adelante sin darse cuenta.

Y entonces dijo, con voz perfectamente modulada y la mirada fija en Andrés desde el otro lado del espacio que los separaba:

—La viuda tiene una pregunta que no es sobre la herencia. La viuda pregunta si el intermediario también deseó a la esposa de su hermano.

Doña Consuelo se detuvo a mitad de la frase, con la boca entreabierta, como si sus propias palabras la hubieran atrapado. Luego, porque era su deber y su deber era lo único que tenía, las completó en voz alta frente a toda la plaza.

El mercado entero contuvo el aliento.

La señora Urresti soltó una cebolla sin darse cuenta. Las dos viudas de negro se miraron entre sí con los ojos muy abiertos. El herrero Paco, que había aparecido en la esquina del callejón con la puntualidad de quien espera exactamente esto, se quedó completamente inmóvil.

Andrés no parpadeó. No se movió. Durante un instante que pareció extenderse como una sombra al atardecer, su rostro no reveló absolutamente nada.

Y luego habló. Habló despacio, eligiendo cada palabra como quien elige piedras para construir algo que tiene que durar, y doña Consuelo las repitió una por una, con su voz plana e implacable, en medio de un silencio tan absoluto que el sonido del viento entre los álamos del camino parecía un estruendo:

—El intermediario dice que algunas cosas empezaron mucho antes del funeral.

Y en la esquina del callejón, el herrero Paco sacó un papel doblado del bolsillo de su chaqueta y lo miró durante un largo momento antes de guardarlo de nuevo. Un papel con la letra de Andrés de la Torre. Fechado la noche en que Emilio murió.

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