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—La viuda pregunta cuánto durará esta humillación. El intermediario responde: un año.

Doña Consuelo repitió las palabras con la misma entonación plana con que habría leído un edicto municipal, sin inflexión, sin piedad, como si el hecho de que su voz fuera el único puente entre dos personas que se miraban a menos de tres metros de distancia fuera la cosa más natural del mundo. Tenía ochenta y dos años, los dientes desgastados por décadas de mate amargo, y una paciencia infinita para los rituales de Velas Negras, porque los rituales de Velas Negras eran lo único que le quedaba desde que su propio marido había muerto hacía ya veinte años y el pueblo le había asignado a ella, en su momento, un intermediario que olía a establo y tartamudeaba.

Sofía estaba de pie en el umbral de su propia casa, con el vestido negro que le apretaba el cuello y el sol de la mañana cayéndole sobre la nuca como una mano que empuja hacia abajo. Frente a ella, en el sendero de tierra que cruzaba el jardín delantero, Andrés de la Torre la miraba con esa expresión que ella había aprendido a identificar en los últimos tres años: los rasgos ligeramente tensos, los ojos oscuros y tranquilos, el cuerpo quieto con la clase de quietud que no es paz sino contención.

Detrás de Andrés, a una distancia calculada para que ninguna palabra se perdiera, se habían congregado media docena de vecinos. La señora Urresti, con su delantal todavía manchado de harina. El herrero Paco, que era el padre de Lena y que miraba a Sofía con los labios apretados. Dos chicas jóvenes que se susurraban algo al oído con los ojos muy abiertos. Todos ahí, todos escuchando, porque eso era exactamente lo que la tradición exigía: que el dolor fuera público para que nadie pudiera fingir que no existía.

Sofía sostuvo la mirada de Andrés un segundo más de lo necesario. Luego se dirigió a doña Consuelo.

—Dígale al intermediario que agradezco su puntualidad. Y que si tiene algo útil que comunicarme, puede hacerlo. Si no, puede marcharse.

Doña Consuelo repitió cada palabra con fidelidad escrupulosa. Andrés escuchó sin moverse. Cuando la anciana terminó, él habló con voz baja y pausa, eligiendo las palabras con la precisión de alguien que sabe que van a ser repetidas en voz alta frente a un público.

—El intermediario dice que no está aquí por gusto propio. Está aquí porque el pueblo lo ha designado y la viuda haría bien en entender que este año será más fácil si ambos cumplen con su parte sin fricciones innecesarias.

La señora Urresti asintió con aprobación. El herrero Paco cruzó los brazos. Las dos chicas jóvenes se miraron entre sí con una expresión que era mitad escándalo y mitad entretenimiento.

Sofía inclinó ligeramente la cabeza, como si considerara las palabras. Luego dijo:

—Dígale que entiendo perfectamente. Y que, ya que estamos, dígale también que anoche no pude dormir. Que hay algo en esta casa que cruje después de la medianoche y que no sé si es el viento o si son las paredes que se acostumbran a estar vacías.

Doña Consuelo repitió el mensaje. Algo cruzó el rostro de Andrés, algo tan breve que Sofía casi se convenció de haberlo inventado, antes de que su expresión volviera a cerrarse como una ventana ante la lluvia.

—El intermediario dice que las casas vacías hacen ruidos que las casas llenas no hacen. Y que si la viuda tiene miedo de lo que entra por las noches, puede pedir al pueblo que le asignen una guardia.

Una pausa medida. Y luego, con la voz todavía igual de tranquila:

—Aunque hay cosas que entran a las casas después de la medianoche para las que ninguna guardia sirve de nada.

El silencio que siguió duró exactamente el tiempo que tardó doña Consuelo en terminar de repetir la última frase. La señora Urresti frunció el ceño, sin estar del todo segura de haber entendido bien. Las dos chicas jóvenes se taparon la boca con la mano. Y Sofía sintió algo en el centro del pecho que no era miedo ni era ira, sino algo más incómodo que ambas cosas, algo que se parecía demasiado al reconocimiento.

Así que él también sabía jugar.

 

El segundo encuentro del día fue peor, porque fue breve.

Andrés pasó por la tarde para entregarle, a través de doña Consuelo, una lista de provisiones que el pueblo había acordado suministrarle durante el mes de luto. Sofía recibió el papel sin mirarlo, lo dobló con cuidado excesivo, y le dijo a la anciana que le transmitiera su gratitud al intermediario por tomarse tantas molestias con alguien a quien claramente consideraba una carga.

Doña Consuelo repitió el mensaje. Andrés escuchó. Y esta vez no respondió nada en absoluto, lo cual fue, de alguna manera que Sofía no supo explicarse, peor que cualquier respuesta.

Esa noche, Sofía no durmió.

Se quedó sentada junto a la ventana de la cocina, con la lámpara apagada y la oscuridad del pueblo extendiéndose más allá del vidrio, escuchando el viento entre los álamos del camino y pensando en la voz de Andrés, en cómo sonaba repetida por la boca de una anciana, distorsionada por la transmisión, y en cómo de algún modo seguía siendo reconociblemente suya. Pensó en que llevaba tres años en aquel pueblo, tres años siendo la esposa de otro, y que en todo ese tiempo Andrés de la Torre nunca le había dirigido la palabra directamente. Nunca le había sonreído. Nunca la había tratado como si su presencia fuera una incomodidad ni tampoco como si fuera un privilegio. Simplemente la había mirado, a veces, de la manera en que se mira algo que existe en un lugar en el que no debería existir y al que, sin embargo, uno ya no sabe imaginarse sin ello.

Se preguntó si él también estaba despierto.

Se preguntó qué había dicho exactamente antes de que Emilio tomara su caballo aquella noche.

 

Fue al día siguiente, en la tarde, cuando ocurrió.

Doña Consuelo había ido a buscar agua al pozo comunitario y los había dejado solos en el corredor trasero de la casa durante exactamente el tiempo que tarda una anciana de ochenta y dos años en caminar hasta el pozo, llenar un cántaro y emprender el regreso. No era mucho tiempo. Era suficiente.

Sofía lo miró. Él miraba el suelo con esa concentración deliberada de quien sabe que en cuanto levante la vista algo va a cambiar.

—Sé que ibas a decir algo —dijo ella, en voz baja, sin la mediación de nadie. Su propia voz sonó extraña a sus oídos, desnuda, sin el filtro de la anciana—. La noche que murió. Sé que hablaste con él.

Un segundo. Dos. El viento movió las ramas del ciruelo junto al muro y una hoja cayó sobre el suelo de piedra entre los dos.

Andrés levantó la vista.

Y respondió, directamente, sin intermediarios, con una voz que era completamente distinta a la que doña Consuelo le transmitía, más baja y más real y más peligrosa:

—Y tú sabes cosas que no deberías saber sobre esa noche, Sofía.

El sonido de su nombre en su boca fue como una cerradura que se abre.

Ninguno de los dos se movió. El aire entre ellos era denso y quieto, cargado de todo lo que no podía decirse en voz alta frente al pueblo, de todo lo que la tradición había construido para que nunca se dijera. Y entonces, desde el extremo del corredor, llegó el sonido de unos pasos lentos y deliberados sobre el empedrado.

Los pasos de alguien que se había detenido, y que llevaba un momento detenido, antes de decidir que era el momento de hacerse notar.

Sofía giró la cabeza lentamente. En la entrada del corredor, con el cántaro de agua en la mano y los ojos muy abiertos sobre su rostro arrugado, estaba doña Consuelo. Y detrás de doña Consuelo, asomando apenas por encima de su hombro, estaba el herrero Paco, que no había ido al pozo a buscar agua.

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