—Nunca debiste casarte con él.La frase no pasó por los labios de doña Consuelo. Andrés la dijo directamente, en voz baja, inclinándose apenas sobre la cerca de piedra del huerto trasero de la casa mientras Sofía recogía las últimas hierbas del jardín que Emilio nunca había mirado, porque Emilio no miraba las cosas que crecían despacio. La tarde tenía esa luz oblicua y dorada que convierte las sombras en algo casi sólido, y doña Consuelo estaba en el extremo opuesto del jardín, sentada en el banco de madera junto a la higuera, dormitando con la barbilla sobre el pecho como hacía a veces después del almuerzo, cuando la digestión y el sol conspiraban en su contra.Sofía no se incorporó. Siguió con los dedos entre las ramas del romero, aunque había dejado de arrancar cualquier cosa desde el momento en que su voz le había llegado, sin filtros, sin la mediación de nadie, directamente a los oídos como agua fría en la nuca.—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo eso? —preguntó ella, también en voz
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