Katya se mordió el labio, intentando contener una sonrisa de tonta enamorada.
– ¿Podemos sentarnos, por favor? –Pidió Katya–. Me están matando las piernas.
Egan estuvo de acuerdo, y con extrema rapidez llevó a Katya hasta una banca cercana. Allí él le sonrió, preguntándole si así estaba mejor. Estuvieron un rato en silencio, viendo las personas pasar y disfrutando de ese día no tan nublado como los anteriores.
– ¿Por qué no tienes una cuenta de banco, Katya? –Preguntó Egan de pronto, continuand