37. Continuar el camino
—Al contrario —contestó Hellen, con serenidad—. He estado a gusto. Pero debo irme lo antes posible. No puedo dejar a mi madre más tiempo sola.
—El amor de una hija —dijo Radne, con sarcasmo. Veía a Hellen con superioridad. Luego de haberse acostado con un hombre desconocido, ya no era la santa virgen que aparentaba ser—. No te obligaré a quedarte. Si eso es lo que quieres. —Caminó con distinción al lado de su ahijada—. Ven a mi despacho por tu pago.
Hellen se alejaba de la mansión de su madrina