168. El llamado
Hellen escuchó las indicaciones de su tía Radne con una mezcla de alivio y resignación. Esta vez, el papel que tenía que desempeñar era simple: cuando su tía aplaudiera, debía retirarse del salón junto a las otras mujeres. No habría más demandas, más sacrificios de su dignidad, ni más noches de pesadilla. Solo tenía que esperar esa señal y salir. Era un respiro, pero no lo suficiente para mitigar el malestar que sentía al estar en ese lugar nuevamente.
Al llegar al salón y ver las largas filas