Cuando su guardaespaldas le pidió un momento a solas después de pasar una increíble tarde con su mujer y su hijo, no se esperó en lo absoluto algo como eso.
— ¿Renunciar? — le preguntó, no estaba seguro de haber escuchado bien — ¿De qué diablos va esto? No entiendo Leonardo, explícate.
El muchacho, quien se había mantenido inescrutable desde que entró, lo miró directo a los ojos.
— Solo…, acepte mi renuncia, señor, por favor.
El italiano negó con la cabeza y se pellizcó el entrecejo antes de to