El corazón del guardaespaldas: 34. Dolorosamente… tú
— Gracias — musitó al taxista que hace pocos segundos la había dejado en el pórtico de su edificio y después tomó una respiración profunda.
No tenía tiempo que perder. Lo amaba y necesitaba desesperadamente que él lo supiera, que los errores no importaban, que sus días, sin él, habían pasado de ser un cielo con nubes blancas a uno encapotado de gris.
Subió las escaleras con prisas, el ascensor sabía que demoraba y no se detuvo hasta que llegó a su puerta. Tocó un par de veces con ansias, nervio