El corazón del guardaespaldas: 29. Hola, pastelito
Las chicas, como siempre, se mostraron feliz de verla y poder hablar con ella, y es que pese a la diferencia de edad que había entre ellas, Ara era un ser de luz que fácilmente agradaba a cualquiera.
Leo sonrió satisfecho al verla así, feliz, suelta, tan tranquila y despreocupada; siendo ella sin más, con las mejillas encendidas y parloteando con su particular timidez. Observándola, recargado contra el respaldo de un sofá cercano, comprendió que esa rubia era lo mejor que le había pasado en la