15. Te quiero a ti, en mi cama, en mi mesa
No tenía intenciones de salir de aquella habitación nunca más, y lo decía en serio, nada haría que cruzara esa puerta, excepto el pequeño crujir que sacudió su estómago a esas horas de la noche.
El hambre no esperaba, y ella, mejor que nadie, lo sabía.
Bajo en puntilla las escaleras, trémula, en silencio, no esperaba — ni deseaba — tener que encontrarse con Emilio, al menos no por esa noche, ni la siguiente… ni la que vendría después.
Se sentía avergonzada por su comportamiento… ¿cómo pudo habe