Adrián abrió la puerta de su casa y encendió las luces.
Elena entró detrás de él, todavía tomada de su mano. Habían pasado toda la cena riendo, y aquella ligereza los acompañó hasta el umbral. Ella observó la sala amplia, los muebles sobrios y las grandes ventanas que dejaban ver la ciudad iluminada a lo lejos.
Elena se veía distinta a la mujer tensa que evitaba a Julián en la mansión. Allí, en la casa de Adrián, parecía respirar por primera vez en semanas.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó él