Julián la encontró en el jardín, sentada en el banco de piedra donde Doménica solía leer.
Elena tenía un libro abierto en el regazo, pero sus ojos estaban fijos en los rosales, perdidos en algún punto invisible. No se giró cuando escuchó sus pasos.
—Necesito hablarte —dijo Julián.
—No es buen momento.
—Nunca lo es, pero esto no puede esperar más.
Elena cerró el libro con una expresión rígida.
Julián se sentó en el borde del banco, manteniendo una distancia que ella no había pedido pero que ambo