Las luces del piso cuarenta y siete de la Torre Vancroft iluminaban Barcelona como un trono de cristal suspendido sobre la ciudad.
Elena entró a su oficina con pasos firmes, dejando el bolso sobre el escritorio de caoba con un gesto que pretendía ser rutinario pero que a Adrián le pareció una preparación para la guerra. Ella se quitó la chaqueta, se recogió el pelo en un moño imperfecto, y de repente fue otra persona. No la mujer herida del aeropuerto. No la esposa traicionada de la Toscana. Er