El vuelo de vuelta a Barcelona transcurrió en un silencio que pesaba tanto como el equipaje que cargaban.
Elena ocupó la ventanilla en una de las primeras filas, con las cartas de Doménica apretadas contra su pecho como si fueran un escudo. Adrián se sentó en el pasillo, tres filas atrás, fingiendo revisar documentos que no leía. Julián quedó en la fila de en medio, con la mirada fija en el respaldo del asiento de Elena, preguntándose cómo había llegado a esto.
Ninguno de los tres habló durante