Elena salió de la oficina sin saber adónde iba.
Las lágrimas le nublaban la vista y apenas distinguía el pasillo frente a ella. Caminó deprisa, sin mirar a nadie, con una mano apretada contra el pecho y la otra aferrada a la carpeta que llevaba desde la clínica.
No podía volver a la oficina de Julián.
No podía regresar a la mansión.
No podía quedarse sola.
Solo había un lugar al que podía ir.
Elena llegó hasta la oficina de Adrián y abrió la puerta sin llamar.
Él estaba sentado detrás del escri