La luz de la mañana entró por las cortinas de seda y Julián abrió los ojos. Por un segundo, un breve segundo de gracia, no supo dónde estaba. La cabeza le martillaba con una intensidad que hacía que cada latido fuera una punzada de dolor. El sabor amargo del alcohol persistía en su boca, mezclado con algo más dulce y peligroso.
Entonces vio el brazo.
Un brazo femenino, moreno, con uñas pintadas de un rojo escarlata que él reconocía demasiado bien. Ese brazo estaba sobre su pecho, posesivo, como