La sala de juntas del Hotel Arts olía a café recién hecho y ambición. Elena se sentó en la cabecera de la mesa de mármol blanco, con los documentos de Brunner perfectamente organizados frente a ella como soldados dispuestos para la batalla. A su izquierda, el equipo legal de Vancroft —tres abogados que la observaban con la mezcla de respeto y recelo—. A su derecha, los ejecutivos del grupo alemán dirigidos por el propio Brunner, cuya reputación de negociador implacable precedía su entrada en cu