Amelia despertó con una náusea violenta subiéndole por la garganta. Se levantó de la cama de un salto y salió corriendo hacia el baño. Apenas tuvo tiempo de llegar.
Se inclinó sobre el inodoro y las arcadas la atacaron sin piedad. Una y otra vez. No tenía casi nada en el estómago, pero cada vez que creía haber terminado, una nueva convulsión la sacudía.
Pasaron varios minutos antes de que, por fin, pudiera respirar con normalidad.
Se incorporó con dificultad. Las piernas le temblaban y el agota