La mente de Walter, acostumbrada al cálculo frío, ahora estaba contaminada por una urgencia emocional y reptiliana: la supervivencia. No podía permitir que un error de sus subordinados pusiera en peligro toda la organización. La solución, lo sabía, requería una jugada audaz y personal.
Ahora se encontraba frente a la imponente mansión de los Drucker, un lugar que no pisaba desde el funeral de Aysel, su sobrina, y de la esposa de Michael. Una mezcla de nostalgia amarga y determinación lo embargó