—¡Suéltame, maldito! —dijo Valentina, retorciéndose con todas sus fuerzas. Su mano libre se estrelló contra el rostro de Gustavo, un golpe seco que lo hizo tambalearse hacia atrás, aunque sin soltar su agarre.
—¡Eres mía, te digo! —gruñó Gustavo, apretando aún más su brazo, sus ojos inyectados en ira—. No vas a volver con ese idiota.
—¡Nunca! —replicó Valentina, pateándolo en la espinilla con fuerza. El dolor hizo que Gustavo aflojara momentáneamente su agarre, y ella aprovechó la oportunidad p