Los tres salimos de la cálida luz de la cabaña de Elara hacia la oscuridad estrellada de la noche. Richard caminaba en silencio a mi lado, con la mirada perdida en el sendero iluminado tenuemente por la luna. Magaly, notando mi ensimismamiento y la tristeza que aún me envolvía, se acercó y me tomó del brazo con un apretón reconfortante.
—Tranquila, amiga —me dijo con su habitual optimismo, aunque con un tono más suave y comprensivo—. Verás cómo muy pronto todo se soluciona. Ya lo verás.
Sus pal