Samantha
Me emociona salir, pero sé que extrañaré a mis bebés. Aunque será solo una noche, en mi cabeza se siente como si fuera una eternidad. Termino de arreglarme frente al espejo: llevo un vestido blanco ajustado que me llega a la rodilla, con una pequeña abertura al costado. Ellas insistieron en que me lo pusiera. “Confía en nosotras”, dijeron… y yo, como buena idiota, acepté.
Ondulo mi cabello, me maquillo lo justo y me pinto los labios de rojo intenso. Me observo un momento. Hace tiempo no me arreglaba así. Me siento bonita… y eso me provoca una punzada de tristeza.
Cristian aún no ha llegado. Son las ocho de la noche, y él normalmente sale del trabajo a las seis. No lo he llamado. Sigo molesta, muy molesta.
Antes de irse, las chicas sacaron su ropa de la maleta que yo había preparado. Yo no quería; pensaba dejarla afuera, bien visible, como advertencia. Pero ellas no me dejaron.
Tal vez estoy sacando conclusiones demasiado rápido. Estoy siendo demasiado dramática. Debería conf