Samantha
Con un impulso desesperado lo empujo con todas mis fuerzas e intento correr, pero había olvidado un gran detalle: estoy esposada a él. No puedo huir. No hay escape. El sonido metálico de las esposas al tensarse se mezcla con mi jadeo ahogado. Cuando lo miro, su sonrisa perversa me hiela la sangre. Niega con la cabeza lentamente, saboreando mi desesperación como si fuera un manjar.
—No lo intentes, no podrás irte. Ya me perteneces —dice con esa voz baja y pegajosa que me repugna.
—¡Eso J