Lamentablemente, llegaron tarde. Sergio ardía en llamas, e incluso alzando sus brazos al cielo entre el fuego.
Bruna, al ver la dantesca escena, soltó un grito desgarrador y se desmayó en el acto. Entre el caos, Mateo y Lucina corrieron a sostenerla. Ella le masajeaba el pecho y le buscaba el pulso, desesperada por reanimarla. Cuando volvió en sí, rompió a llorar y me señaló entre fuertes gritos:
—¡Asesina! ¡Tú mataste a mi hijo!
Al escuchar los gritos, las personas alrededor empezaron a aglomer