La noche había caído sobre la casa, tiñendo de sombras los rincones de la mansión de Río. Ximena, con su voz suave y llena de ternura, se acomodó en la habitación infantil para leerle a Junior un cuento que él amaba. La historia, de dinosaurios, servía no solo para arrullar al niño, sino también para tranquilizarlo en ese nuevo contexto donde tantas emociones confluían. Mientras Ximena terminaba la última página, la mirada del pequeño cerraba lentamente los ojos, arrullado por el ritmo pausado