Norman conducía su auto negro con el ceño fruncido, el volante firme bajo sus manos. El cuero del asiento crujía ligeramente con cada movimiento, como si compartiera su tensión. Era temprano, pero el sol ya comenzaba a asomarse en el horizonte, pintando el cielo con tonos cálidos que apenas aliviaban la rigidez en su mandíbula. Había pasado una noche inquieta, torturado por el recuerdo del último intercambio con ella. La forma en que había sostenido su mirada, desafiante, le había dejado un ext