Pasaron un par de días, y al salir del trabajo Olivia condujo durante minutos sin rumbo fijo, el corazón latiendo con fuerza, hasta que se obligó a detenerse frente a una tienda de artículos para bebés. Ni siquiera sabía por qué había ido allí. Tal vez porque necesitaba sentirse útil, aferrarse a algo que le recordara que, al menos, había una parte de Nathan que siempre sería suya: el hijo que llevaban juntos. Aparcó el auto y entró con pasos lentos. El aire estaba impregnado de un olor suave a talco y algodón, y el sonido de una música infantil flotaba como un murmullo cálido. A su alrededor, estantes llenos de diminutas prendas de colores pastel parecían observarla con inocencia, como si no existiera el dolor que llevaba por dentro. Se detuvo frente a un perchero con pequeños mamelucos. Pasó la mano por la tela de uno blanco con estrellitas grises, y un nudo le cerró la garganta. Había decidido no saber el sexo. “Será un niño o una niña… ¿a quién se parecerá?” Se imaginó por un segu