Caminó hasta el sofá y se dejó caer, con una mano en la frente. El latido en sus sienes era insoportable, como tambores golpeando sin descanso. Intentó tomar el celular, pero se le resbaló de las manos al suelo. Se inclinó para recogerlo, y un mareo brutal la obligó a quedarse inmóvil. La angustia la golpeó de lleno. Sintió las lágrimas arderle en los ojos. No podía ser así. No ahora. Tenía que ser fuerte, por su bebé… y por Nathan, por todos ellos. Tenía que decirle que lo amaba, que se había