El sol caía oblicuo sobre el jardín de la casa de los padres de Steven, tiñendo de dorado el césped bien cuidado. Sasha estacionó el auto junto a la entrada y apagó el motor, respirando hondo antes de bajar. Hacía un par de días que casi no veía a sus hijos, y aunque habían estado en buenas manos, los había extrañado con cada fibra de su ser. Cruzó la puerta principal, saludando con una sonrisa breve a su suegra, que salió a recibirla. El murmullo de risas infantiles llegaba desde el interior,