Lula estaba recostada en el sillón, acurrucada en una manta, con la expresión alterada por el dolor. Las punzadas en su abdomen la hacían retorcerse, cada ola de dolor era peor que la anterior. Apretó los dientes y cerró los ojos, intentando distraerse, pero el malestar era demasiado intenso. Justo en ese momento, Brad entró en la casa y, al verla así, frunció el ceño, preocupado. —¿Qué te pasa? —preguntó, acercándose rápidamente. —Me llegó el periodo… —respondió Lula, con voz apagada, su rostr