El portazo retumbó en el silencio de su casa. Norman soltó las llaves sobre la mesada de la cocina y se quedó quieto un segundo, respirando hondo, como si necesitara controlar algo que no terminaba de identificar. El aire fresco del living no alcanzaba a calmar el calor pegajoso que le recorría la espalda. Se quitó el reloj, lo dejó junto al celular, y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa. Uno, dos… tres. Como si cada uno aliviara un poco la presión que se había ido acumulando desde