Narrador
Walter abrió la puerta del despacho sin tocar, con la naturalidad de quien jamás espera encontrar algo impropio allí. Pero lo que vio lo dejó helado: Carlos inclinado sobre Elena, sus labios aún peligrosamente cerca, el aire denso, cargado de algo que no debió existir jamás entre un hombre comprometido y la asistente del museo.
—¿Qué está pasando aquí? —soltó, incrédulo.
Elena sintió cómo se le vaciaba el cuerpo. Avergonzada. Expuesta. Atrapada. Ni siquiera Andrea, su propia hermana,