El rugir del potente motor del reluciente Mercedes Benz 560 despertó ecos entre los edificios de la avenida, anunciando la llegada de Dominic a la imponente Kurfürstendamm. Al abrir la pesada puerta del auto, una oleada de aromas lo envolvió, el dulce olor a pan recién horneado de la panadería en la esquina, mezclado con el tentador aroma a café tostado proveniente de la cafetería vecina, era realmente embriagador.
Los brillantes rayos de sol refulgían en los relucientes edificios de cinco y se