La luz del sol entraba a raudales por la ventana, inundando de claridad dorada la habitación y bañando con su calidez el rostro demacrado de Dominic. Él abrió los ojos lentamente, sintiendo la boca reseca y el cuerpo dolorido y pesado por el agotamiento.
La resaca de la noche anterior martilleaba aún sus sienes con punzadas constantes. Finalmente cayó en cuenta que se había vuelto a quedar dormido, estaba demasiado exhausto como para levantarse a tiempo.
Al incorporarse lentamente, el olor a ta