Isabel cabalgaba sola de regreso a la hacienda Santtorini. El viento frío le azotaba el rostro enrojecido por el llanto, mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Aún resonaban en su mente las hirientes palabras de Beatriz, tan sutiles como venenosas.
Mientras su yegua trotaba a buen paso por el camino polvoriento, la joven no podía dejar de revivir una y otra vez el amargo encuentro. Se sentía profundamente herida, triste, furiosa y sobre todo humillada. ¿Cómo se había atrevido es